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El nuevo orden internacional del comercio


El nuevo orden internacional de comercio realmente debería llamarse “el nuevo desorden internacional del comercio”. Esto es así porque desde la firma de la paz de Westfalia en 1,648, en la que surge el nacimiento del estado nación moderno, ha habido pocos cambios que hayan afectado al comercio internacional.

Remitiéndonos a la historia ya contemporánea, todos conocemos que tras la II Guerra Mundial, el comercio estaba controlado por dos regímenes hegemónicos, Estados Unidos (bajo el prisma del plan Marshall y el estandarte del Mercado Común Europeo) y la URRS (bajo el régimen del COMECON). El resto de países realizaba su comercio bajo la supervisión o influencia importante de una las dos súper potencias mencionadas, con muy pocas excepciones de estados realmente independientes comercialmente (cómo única excepción quizás la Yugoslavia de Tito) o cambios de un bloque a otro (salvo excepciones como la caída del régimen pro-occidental de Vietnam, la caída de la Cuba de Batista, el derrocamiento del régimen de Somoza en Nicaragua o la posterior llegada de la democracia a dicho país donde hubo dos cambios de sistema, o el fin del régimen soviético en Afganistán). 

Así, en dicha época, cada país seguía las reglas de comercio establecidas o ideadas por los referidos regímenes hegemónicos, uno sustentado bajo el libre comercio (occidente) y otro bajo el sistema socialista de control de los mercados. 

Todo cambió en 1991 con la caída del Muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética, que dio paso a la llegada del libre mercado a casi todos los países de la tierra, con excepciones mínimas entre otros en Cuba o Corea del Norte. Para entonces, Estados Unidos ejercía un liderazgo ya no tan duro, sino adaptado a unos tiempos donde ya no había el gran enemigo enfrente, que le permitía una mayor flexibilidad. 


El libre mercado y la apertura al comercio consiguientes, aplicados en distintos grados según el país y gobierno, supuso el desarrollo rápido de muchos estados que estaban rezagados económicamente en el mundo (desde China, Corea del Sur, India, Brasil, Vietnam, Chile, Perú, Colombia, México, Polonia, Hungría, República Checa, Lituania, Letonia, Estonia, Panamá, México entre otros). Esa mayor laxitud en el ámbito político y económico de Estados Unidos respecto a las relaciones diplomáticas o económicas ha subido un peldaño más con la llegada de Donald Trump a la presidencia de dicho país, ya que busca más fortalecer a su país, que estrechar los lazos comerciales.

Lo que quizás se le olvida al nuevo liderazgo estadounidense es que es precisamente la apertura al comercio y el libre mercado lo que hizo a América fuerte. Aunque puede ser cierto que ha habido excepciones de regímenes que han abusado de dicho sistema sin estar realmente abiertos al comercio, esto no puede hacer que otros estados, que sí han cumplido a una estructura abierta al comercio, paguen por otros. Al final todos los cumplidores, incluido Estados Unidos, van a pagar por ello. 

Este aislacionismo de Estados Unidos, está propiciando, por ejemplo, que estructuras político comerciales de la Guerra Fría como era la relación de Centroamérica con Taiwán, en vez de con China continental, estén sucumbiendo, habiendo sido Costa Rica la primera en romper relaciones con la Isla de Formosa, y ahora el mes pasado de mes de junio, Panamá. La cuestión para dichos estados es que China puede ser un socio comercial mucho más importante, tomando una visión realista de las relaciones internacionales, pero no dándose cuenta de la posibilidad de que para China quizás dichos países no van a ser su prioridad a medio y largo plazo por el tamaño de los mismos (cosa que sí sucedía con Taiwán). El tiempo dirá si la decisión fue la adecuada, pues decididamente el pago por un estadio de fútbol que recibió Costa Rica o los beneficios políticos que puedan haber tenido algunos líderes al respecto, no es suficiente. 


En estos tiempos de desorden internacional, el resto de países de la región de Latinoamérica que todavía mantienen relaciones con Taiwán, pueden obtener un fortalecimiento de sus relaciones comerciales con dicho país, que aparte sigue siendo la puerta de entrada natural para la región a China (al fin y al cabo, Taiwán, a pesar de las tensiones políticas con China, es uno de los principales socios comerciales de la misma). También estos países (Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, República Dominicana, Belice, Haití o Paraguay) pueden jugar a dejarse querer tanto por Taiwán como por China, pero eso no deja una buena imagen para los socios comerciales de los mismos. Pues si uno no puede confiar en su socio comercial, las ganancias de dicha relación dejan de existir. 

Finalmente pueden hacer como Costa Rica o Panamá, es una cuestión de querer ser cabeza de ratón o cola de león. Solo que el ratón, en este caso Taiwán no es tan ratón, y sí una importante potencia económica. Y el león, en este caso China, cada vez es un león más importante. 

Mientras tanto en la otra parte del mundo, el Medio Oriente, varios estados de la región, han roto relaciones diplomáticas y comerciales con Catar, por sus supuestos vínculos con el terrorismo islámico (Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos o Egipto, entre otros). Lo interesante de ello, es que, en dicho país, Catar, hasta el mismo Trump habla de sus vínculos con movimientos a favor del terrorismo y su país mantiene al mismo tiempo una de las bases militares más importantes que posee en dicha región. No parece que vaya a haber la mínima intervención de Estados Unidos en la región, como sí pasó cuando se acusó a Afganistán o a Irak de apoyar el terrorismo. Lo que hace entrever que es más un movimiento de presión política, más que otra cosa.

Desde mi punto de vista, tomar partido en base a la visión política, vínculos comerciales y potenciales económicos, es la mejor forma de trabajar en este nuevo orden comercial anárquico, en el que “la policía política” del mundo, Estados Unidos, y su “policía comercial”, la OMC, están mirando hacia otro lado. 

Es tiempo de enfoque, no de posturas superficiales, tomar un camino en consonancia con la ética, moral e ideales de uno, y no cesar el empeño en el mismo, pues en el comercio internacional como en la vida, la confianza, el mutuo respeto y tener principios, más que nunca va a sobresalir ante tanta postura oportunista, ambigua y aprovechada.

El presente artículo se publicó originalmente en la revista Diario del Exportador Nº 008.



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