Vender más en exportación, no depende de viajar más

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Existe una idea muy arraigada en el mundo de la exportación. Cuantos más viajes realiza una empresa, más posibilidades tiene de vender. Cuantas más reuniones mantiene un director de exportación, más cerca parece estar del éxito internacional.

A simple vista resulta una lógica difícil de cuestionar. Después de todo, vender exige contactar clientes y desarrollar relaciones comerciales. El problema aparece cuando la actividad comercial empieza a confundirse con el resultado comercial.

Hace algún tiempo conversaba con un profesional de exportación que me comentaba que a él le pagaban por viajar y visitar clientes. Mi respuesta fue inmediata: no te pagan por viajar, te pagan por vender.

Puede parecer una simple cuestión de matices, pero en realidad refleja dos formas muy diferentes de entender la función comercial. La primera mide el esfuerzo. La segunda mide el impacto. Y no siempre existe una relación directa entre ambos.

Durante los últimos años muchas empresas han destinado cantidades importantes de dinero a visitar mercados, participar en ferias, recorrer distribuidores y acumular reuniones. Algunas han obtenido excelentes resultados. Otras simplemente han multiplicado sus gastos comerciales. Lo preocupante es que en muchos casos se sigue asumiendo que el problema se resuelve aumentando el número de visitas.

Es una especie de intuición cara. Cuando las ventas no llegan, se programa otro viaje. Si el mercado no responde, se visita un nuevo cliente. Si la situación continúa igual, se incrementa la actividad. Sin embargo, pocas veces se detiene la organización a preguntarse qué factores están influyendo realmente en la compra de sus productos.

Lo que realmente determina las ventas en exportación

Cuando analizamos por qué una empresa vende o deja de vender en un mercado internacional, los primeros nombres que aparecen suelen ser los clientes y los competidores. Ambos son importantes. Pero representan solo una parte de la realidad.

Los mercados son sistemas complejos donde interactúan factores económicos, financieros, regulatorios, tecnológicos y sociales. Algunos son visibles. Otros pasan desapercibidos hasta que terminan afectando directamente a las ventas.

Un ejemplo sencillo ayuda a entenderlo. Hace años, cualquier análisis superficial del mercado inmobiliario español habría mostrado una demanda elevada y numerosas empresas dispuestas a vender viviendas. Todo parecía indicar que el crecimiento continuaría. Sin embargo, cuando las entidades financieras restringieron el acceso al crédito, el mercado cambió radicalmente. Los compradores seguían existiendo. Los vendedores también. Lo que desapareció fue la capacidad de financiar las operaciones.

La lección es evidente. Analizar únicamente la relación entre oferta y demanda puede conducir a conclusiones equivocadas cuando existen variables externas con capacidad para alterar completamente el escenario.

Exactamente lo mismo ocurre en exportación.

Un mercado puede mostrar un enorme potencial sobre el papel y, aun así, convertirse en una mala apuesta comercial debido a cambios regulatorios, restricciones financieras, tensiones geopolíticas, problemas logísticos o transformaciones en los canales de distribución. Son factores que muchas veces parecen ajenos a nuestra actividad y, sin embargo, terminan condicionando directamente los resultados.

Por eso el trabajo de un director de exportación no consiste únicamente en visitar clientes. También consiste en comprender el entorno en el que esos clientes toman decisiones. Cuanta más información tenga sobre el funcionamiento del mercado, mejores serán sus posibilidades de identificar oportunidades, anticipar amenazas y asignar correctamente los recursos de la empresa.

Nadie puede controlar todas las variables que afectan a un mercado. Tampoco resulta realista analizar permanentemente cada factor que existe alrededor de una operación internacional. Lo importante es identificar aquellos elementos que tienen una influencia real sobre las ventas y seguirlos con disciplina.

Cuando una empresa desarrolla esa capacidad, empieza a tomar decisiones con mayor criterio. Los viajes se vuelven más productivos. Las reuniones tienen un propósito más claro. Los recursos comerciales se concentran donde realmente existen oportunidades. Y la estrategia deja de depender de la intuición.

Porque en exportación la diferencia rara vez la marca quien acumula más tarjetas de visita o más millas aéreas. La diferencia suele estar en quién entiende mejor el mercado antes de comprar el billete.

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